Capítulo: 1
COMO UNA TORRIJA
(Álex)
Mi nombre es Álex, de apellido pudiéramos decir que "Asecas" y soy un joven riojano, como se suele decir, un simple chicarrón del Norte, aunque para los de mi pueblo ciertamente especial, pues mis cabellos rubios tirando a albinos no son muy del uso por estos lares.
¿Sabéis dónde me encuentro ahora?
Pues me hallo en busca de respuestas en el año de Gracia de 1304, en una tierra desmembrada, en una noche fría de diciembre, y en un lugar lejos de todo, mas cerca de nada.
Respuestas que para mi creía que eran motivo suficiente para comenzar este largo viaje, sin ser consciente en aquellos momentos que mejor se hubieran quedado sin contestar, pues estas me iban a llevar a estar en medio de un lío de padre y muy señor mío. Aunque eso mejor que me lo digáis vosotros cuando acabéis de leer esta aventura.
Después de un largo día de dura caminata me encontraba con las alforjas y el estómago vacío cuando me interné en el valle de “las ánimas”, que era como llamaban a aquel paraje, así pues me había desviado del camino que llevaba a La Coruña.
Decidido, debido sobre todo al gran giro que debía dar para llegar a la villa, y más todavía para llegar a la Torre, acorté camino avanzando por la ruta más corta, la línea recta.
En aquellos momentos tomada la decisión, satisfecho había sonreído cuando abandoné la vera de la gran ruta y accedí al camino secundario.
Por fin después de tantos días de viaje estaba a punto de llegar a la torre de Hércules, vivienda de mis tíos y primos.
Ya tan cerca del fin, sin querer, me recordé sin saber bien por qué hacía un par de meses antes, entre las aldeas de Covadonga y Cangas de Onís.
Sin duda era una mejor noche que esta, y me hallaba a orillas del camino real de Santiago, en la ruta de los peregrinos.
Allí en un claro del bosque, bien entrada la noche, y escondida por cientos de árboles se me advertía en una encendida fogata.
Arriba en lo alto, el cielo colmado de estrellas cubría con su manto regio una magnífica noche otoñal. Mientras abajo en el bosque, el silencio era roto solamente por el crepitar de las llamas de la mencionada lumbre.
Iluminado por esta fogata me encontraba tumbado con mi perra Canela.
En aquellos momentos me hallaba en actitud pensativa, y tenía mi mirada presa en las sugerentes llamas que parecían querer atraparme.
Y sin darme cuenta mientras acariciaba distraídamente el lomo de mi perra, una podenca andaluza de largo pelo rubio casi blanco, recordé aquel día de verano en el que tras la muerte de mi padre, mi tío Fernando estaba despidiéndose de mí.
Éste muy serio, me decía:
-Sobrino, has sido agraciado con el poder místico de tu madre, el mismo que poseía tu tía Rosa, y el mismo que también posee tu prima Lucía.
Como tío tuyo que soy, y debido a ese poder que también oculto tienes, he decidido convertirme en tu preceptor para así encauzarte en la búsqueda de tu camino en la vida.
Un camino, que te llevará a conocer todas las ciencias, haciendo de ti un hombre culto.
Eso, claro está, siempre que lo desees.
Yo tristemente acepté la proposición con un gesto de cabeza. Aunque en aquel momento no entendía muy bien por qué mí tío me estaba mintiendo, ya que sabía perfectamente que no tenía ningún tipo de poder místico, ni nada que se le pareciera.
Mientras mí tío seguía hablándome:
- Alégrate Álex, porque compartirás este aprendizaje con tus primos, Lucía y Gonzalo, jóvenes y simpáticos como tú.
No obstante, ahora mismo tengo entre manos un asunto relacionado con unas joyas de gran poder místico que posee nuestra familia, y éstas por el momento necesitan de toda mi dedicación.
Así pues habiendo hablado previamente con tu hermano Red de él y de sus anhelados deseos de afincarse en tierras de Aragón. Hemos decidido ambos que posponga su marcha a la espera de que te llame.
Mientras tú, que ahora tienes dieciséis años te seguirás haciendo un hombre aquí en el bosque, estando al cuidado de tu hermano mayor Red que tiene cinco años más que tú.
De aquella triste despedida habían transcurrido ya dos largos años.
Volviendo a lo que yo creía realidad volvía a estar tumbado junto a la fogata, mis ojos se nublaron, y ahora enfocaron otro recuerdo mucho más cercano en el tiempo. Tan solo hacía de ello mes y medio, y ahora en una cierta mañana se presentó en la cabaña, un hombre llamado Amancio, que dirigiéndose a nosotros, nos dijo:
- Red, Álex, ha llegado la hora, y vuestro tío Fernando tal y como os prometió me manda. A ti Red para ayudarte en tu viaje, y a ti Álex te requiere para comenzar con tu abandonada educación.
Amancio dado el aviso y sabiendo de las intenciones de mi hermano Red sobre viajar a tierras de Aragón, pospuso dos días su viaje con dirección a Zaragoza para con sus influencias ayudar a colocarle allí en un oficio cercano a la capital aragonesa.
Yo mientras y pese a que seguía pensando que mi tío me había mentido, y que no poseía ningún tipo de poder mágico oculto al que instruir, también decidí partir.
Dos días más tarde habiendo hablado con mi hermano, y siendo conscientes de que allí no había nada mejor que hacer que cuidar de una desvencijada caseta en medio del bosque, tras darnos un fuerte y fraternal abrazo cada uno emprendimos nuestro camino, Red acompañado por Amancio hacia el Oriente a tierras de Aragón, y yo acompañado por Canela hacia el Poniente hacia la Torre de Hércules, en la Coruña, y lugar de residencia de mis tíos, Fernando y Martín.
De nuevo mi mirada enfocó la fogata como antes que empezara a recordar. Descuidadamente seguía acariciando a mi querida perra Canela.
El crepitar de las llamas continuaba rompiendo el silencio de la noche, y en el cielo estrellado la luna seguía avanzando en su eterno peregrinar.
Aunque no hacía frío, me arrebujé dentro de mi manta, y cerrando los ojos me dispuse a dormir con la tranquilidad de saber, que al menor atisbo de peligro Canela me despertaría.
* * * * * * *
Agitando mi cabeza de un lado a otro, noté como las gotas de lluvia salían despedidas hacia todas partes. Había comenzado a llover, pero para asegurarme más si cabe de que había vuelto a la verdadera realidad, miré a mi perra.
Ésta sin rechistar y con las orejas gachas, seguía avanzando con su largo pelo rubio que empezaba a apelmazarse por la lluvia.
Enfadado conmigo mismo, me recriminé por esa facilidad innata que tenía de estar con mi loca imaginación, sin ningún sentido aparente, de ir saltando de un tiempo al otro como si tal cosa.
“¡Dios mío, qué hambre tenía!”. - pensé relamiéndome.
Y recordé cómo al aventurarme por el sendero que abandonaba el camino que llevaba a la Coruña había pensado en el suculento plato que me esperaría al final de éste.
Ahora creía firmemente que aquella decisión tomada había sido un error, todo un error. Estaba preocupado, y según pasaba la tarde aquella sensación había estado empeorando.
El cielo hacía rato que se había oscurecido gradualmente, y las nubes, por lo mojado de mi rubio pelo, pensé que ya habían comenzado a descargar en un persistente chispear su tan temida carga. Temiéndome lo peor, barrunté que todo aquello acabaría en una fría y terrible tormenta.
Como me había temido, hacía ya horas que la tormenta había estallado, y sin haberlo podido impedir me encontraba empapado como una torrija. La escena no podía ser peor, la lluvia, la noche cerrada, y además el nombre de aquel extraño bosque me atormentaba, “el valle de las ánimas”.
Por si aquello fuera poco encima me había encontrado en el camino con un puente destrozado hecho de madera que atravesaba un río, y que debido a un rayo se había calcinado casi en su totalidad. De él solo quedaba un costado, mientras el resto había sido tragado por la fuerza del agua que se arremolinaba justo por debajo.
Un río en el que al apenas poder ver, a punto había estado de caer. Al volver sobre mis pasos observé cómo de pronto mi perra Canela se ponía tensa, y miraba hacia el camino que empezábamos a desandar.
Los segundos pasaron lentamente para poco después oír un rítmico golpeteo que finalmente vislumbré observando como dos pequeños puntos de luz que se acercaban hacia nosotros a toda velocidad
“Quizá sea una de las ánimas a las que el valle debe su fantasmagórico nombre”. - pensé de pronto intranquilo.
Así que rápidamente y en un acto instintivo eché mano por detrás de la cabeza hacia el zurrón que descansaba en mi espalda. Instantes después ya había desenvainado mi hacha y me aprestaba a defenderme de cualquiera y de cualquier cosa.
Otra vez los segundos pasaron lentamente: uno, dos, tres... ya estaba muy cerca, y sin darme cuenta apreté más fuertemente el mango del hacha, hasta que por fin me di cuenta de qué era lo que hacia mí se acercaba. No era un ánima en pena, era un carro tirado por dos caballerías que se acercaban espantadas hacia donde me encontraba.
- ¡Me cago en la pata un gato!
¡Mira Canela! Las mulas que tiran de ese carro se han desbocado, y su carretero no sabe que el puente se ha derrumbado.
Tenemos que hacer algo, hacer algo, ¿pero el qué…?
¡Ya está!, mediante señales le avisaré del peligro que corre. - dije a mi perra mientras envainaba el hacha y creyendo haber encontrado la solución.
En aquellos momentos no sabía bien cuan equivocado estaba y lo que nos depararía aquella aciaga noche.
* * * * * * *
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