Capítulo: 2
UN DUDOSO PRESENTIMIENTO
(Lucía)
Después de un largo día ayudada por mi hermano Gonzalo, había asistido al difícil parto de la joven esposa del amigo de mi padre, Raúl Ceballos. Éste era el mejor maestro de obra de la ciudad de La Coruña, y vivía en el campo en un caserío a unos cinco kilómetros de la ciudad, y por lo tanto, de la torre de Hércules, mi residencia.
Después de seis horas de trabajosos esfuerzos, había nacido un lindo bebe al que llamaron, Raúl como su padre.
Cansada me apoyé en la ventana intentando observar algo en la noche cerrada, y lo que observé es que en el exterior de la vivienda la tormenta había estallado. Gruesas gotas caían del cielo empujadas por ráfagas de viento sin ninguna dirección.
Mientras, en el interior más reconfortados tras la cena y la natural alegría estábamos celebrándolo con unas deliciosas copas de licor de orujo, cuando de pronto, sentí un fuerte sobresalto
Los dos hombres se me quedaron mirando extrañados, sobre todo Raúl, recordando de mí presentimientos anteriores que había tenido, y sin querer me estudió.
Cuánto había cambiado desde que me vio por primera vez estaba pensando.
La joven que ahora contemplaba, poseía un bello rostro, su pelo era largo, negro y enmarañado. Además heredados de su madre poseía unos grandes ojos verdes, soportados en una nariz pequeña que descansaba en unos labios carnosos.
En resumen, fuerte y voluptuosa de formas, podría encender con seguridad la pasión de cualquier hombre. Mas la muchacha como muestra de su timidez escondía dichos atributos dentro de su túnica negra con capucha de fieltro, y forro rojo.
Mas ajena al escrutinio al que estaba siendo sometida, en esos momentos yo sabía que algo me llamaba, así que concentrada en ello lo dejé pasar agarrando fuertemente el zafiro azul que colgaba de mi cuello.
Instantes después comencé a distinguir imágenes confusas que poco a poco se fueron aclarando. De pronto vi sangre, y seguidamente observé la Torre de Hércules.
Algo iba mal, muy mal, y finalmente angustiada contemplé el cuerpo de mí padre tirado en el suelo.
- ¡Gonzalo! - grité mirando asustada a mí hermano.
Tenemos que irnos rápidamente.
He tenido una visión y temo por la vida de padre.
Veo mucha sangre y está tumbado en el suelo.
¡Pero vamos, deprisa!
¿A qué esperas hombre? - le acucié con la mirada.
Montemos ya en el carro y pongámonos en marcha de vuelta a casa.
Mi hermano asombrado me cogió de un brazo y me apartó un poco de nuestro amigo Raúl Ceballos.
- ¿Pero qué haces? No estás en tu casa, ¿sabes? – me increpó.
¡A ver, cuéntame qué has visto! Seguro que no es tan importante.
Y además, ¿estás segura que va a ocurrir ahora mismo? Por no decir que no sabes si le matan o se muere.
Había resumido jocosamente haciendo un chiste animado por el agradable sopor que le estaban levantando las copas de orujo, y a las que deduje no tenía ganas de abandonar, al menos por el momento.
Experimenté un sentimiento de repulsa hacia mí hermano.
¿Cómo era posible que se tomara con tan poca urgencia la tragedia que había presentido?
Pero pronto, reprimí las ganas de responderle debido al acatamiento que le debía por el hecho de ser un hombre, y además mí hermano mayor.
- No lo sé Gonzalo. He tenido una visión y ésta no es buena, además estoy segura de que ha pasado o va a pasar. - respondí justificando mí urgencia, mas contemplando la cara de beodo que se le había dibujado en su faz, tomé una decisión:
- Yo me voy ahora mismo, contigo o sin ti.
¿Tú qué vas a hacer?
Pese a que era una rebeldía lo que había decidido, no esperaría más en salir corriendo al auxilio de mí padre.
- ¡Lucía, quieta ahí! – me gritó mí hermano enojado al haber captado el aspecto desafiante de mis palabras. No obstante, quiso razonar conmigo aunque sabía que era con una mentira.
Hermana, recuerdo que Madre siempre decía que el destino no puede cambiarse.
Además, si nos vamos ahora, aparte de tener una supuesta desgracia, podríamos tener hasta dos.
¿Has visto la tormenta que está cayendo ahí afuera?
El carro podría quedarse hundido en el barro, o bien quizá hasta nos podríamos caer por un barranco.
Gonzalo pensó que su razonamiento me habría convencido, y así prevalecería ante Raúl su opinión, que era lo qué verdaderamente le importaba, quedando tan solo en una rabieta mí actitud infantil.
- Así que esperaremos a que pare de llover, o bien a que amanezca. - concluyó finalmente.
Me sentí acorralada tras la decisión tomada por Gonzalo.
No tenía salida, y busqué una silla para sentarme y pensar en una solución, de pronto la vi.
Era Raúl Ceballos mi única balsa salvadora, así que sin decir una palabra me alejé de mi hermano, y me acerque a nuestro anfitrión al que le hablé en voz baja:
- Raúl, por favor. Tú eres un gran amigo de mi padre.
¿Verdad que no quisieras que le pasase nada?
Pues apelando a esa amistad que tenéis desde hace tantos años, querido Raúl, te pido, es mas si quieres te suplico, que convenzas al cabezota de mi hermano para que nos vayamos de inmediato a la Torre.
Sin darme cuenta había concluido casi con lágrimas en los ojos.
Asombrado del carácter tan urgente que había percibido en mis palabras. Después de escucharme, el maestro de obra se dejó caer en una silla de madera escondiendo la cabeza entre sus manos. Sus ojos presumían urgencia, y su cabeza funcionaba a toda velocidad.
- Gonzalo por favor apresúrate, quisiera hablarte como a un amigo. - dijo Raúl al joven después de tomada una decisión, y remarcando la llamada con el movimiento de sus manos.
A regañadientes mi hermano se acercó. Yo le había desautorizado delante del maestro de obra, y éste era un aspecto que desconocía de mí, una muchacha que hasta ese momento siempre había sido sumisa y agradable.
Don Raúl poniendo mucho cuidado al elegir sus palabras, ya que no quería que el joven se doliera en su orgullo, se dispuso a convencer al muchacho.
- Pese a que ya llevas un año entre nosotros, y creas conocer bien a tu hermana, quizás no la conozcas tanto como yo.
Pues aunque te sorprenda, he visto realizar a Lucía premoniciones sorprendentes para su edad.
Por tanto, sí presumo de la autentica urgencia que requiere este asunto, y espero que gracias a Dios, tu padre, y gran amigo mío esté bien de salud, y todo quede en un falso augurio del que después nos tengamos que reír.
Temió concluir al esperar la respuesta del joven, en el fondo él también le estaba desautorizando, no obstante concluyó:
- Así que querido Gonzalo, como es posible que estés muy cansado, yo mismo me ofrezco en acompañar a tu hermana a la Torre, eso sí siempre que te quedes acompañando a mi esposa, la cual en estas circunstancias no quiero dejar sola.
- ¡Mon Die! Estáis locos los dos. - respondió el gitano.
Al joven la justificación del maestro de obra le había dejado pasmado, pues no la esperaba como hombre que era, pero si no le hacía caso, sabía que su padre se incomodaría muchísimo con él, por tanto bajó los brazos.
No tenía fuerzas suficientes para rebatir a Raúl, amigo de toda la vida de su progenitor y con gran influencia sobre éste, y es que el joven Gonzalo llevaba poco tiempo en la Torre de Hércules.
(Gonzalo)
Tan solo hacía un año y poco más desde que abandoné el clan de los gitanos, y por supuesto a mí tío Héctor, cuando pasó lo que pasó con “Hocicos”, él tantas veces denostado y nombrado despectivamente por mí tío Héctor, como el esbirro de “mil caras”.
Teniendo que huir del impuesto jefe del clan de los gitanos, me vi obligado a resguardarme en la Torre bajo la protección de mi padre, y claro está, a día de hoy todavía no me había granjeado del todo la confianza de mí progenitor.
Éste, hasta ahora siempre me había encomendado trabajos de poca importancia, no como a mí hermana, con la que se había volcado en sus estudios, y que ya llevaba tanto tiempo con él como el que “Hocicos” llevaba siendo jefe del clan, o sea ocho largos años. Vamos desde que mi madre la había mandado bajo el cuidado de mi padre siendo casi una niña.
Este hecho me causaba envidia, pues ella ya sabía leer y escribir y en cambio yo no, esto para mi entender no era justo. Si tan solo mi padre me hubiera prestado un poquito de atención me habría bastado, pues eso de aprender a mí tampoco me importaba mucho, pero sí su consideración.
Mas la verdad era, que ella sí tenía su confianza y hasta su amor, con lo que no tenía ninguna duda, estaba derrotado y harían lo que mi hermana quería, pero ya habría tiempo de hablar de este asunto cuando estuviéramos nosotros dos a solas.
- Raúl quédate con tu esposa, ya que éste es el lugar que debes ocupar.
Yo acompañaré a Lucía, aunque me parezca una locura salir con esta tormenta.
Préstanos un par de prendas que puedan protegernos de la lluvia, y no se hable más. - contesté finalmente.
Tras despedirnos de Raúl, los dos arropados bajo unas mantas y con unos faroles también prestados, salimos de la vivienda precipitadamente acercándonos al establo donde habíamos guardado el carro y las caballerías.
* * * * * * *
El camino hasta la Torre pese a que era corto, transcurría por un valle, y por lo tanto se sucedían continuamente curvas y más curvas que corrían paralelas al rio.
A mí la tormenta no me gustaba, y la noche era tan oscura que no se atisbaba absolutamente nada, solamente tras los rayos que iban desgajándose, íbamos vislumbrando el contorno del valle y los árboles que se anclaban a los lados del camino. Además estábamos empapados, y la lluvia nos golpeaba directamente en la cara haciéndonos más dificultosa la visión.
En ese momento un rayo golpeó con tremenda fuerza sobre un enorme árbol que se encontraba a la izquierda del camino.
Asustadas las mulas se desbocaron saliendo disparadas a toda velocidad, mientras el árbol en llamas quedaba atrás.
- ¡Merde, ya decía yo que esto era una locura! ¡Quietas!
Grité a las caballerías mientras tiraba con denuedo de las riendas, mas éstas no detuvieron su alocado galope, y gritando avisé a mi hermana:
- ¡Lucía las mulas se han desbocado!
¡Tiro de las riendas pero no obedecen!
¡Agárrate a donde puedas, pues podemos volcar en cualquier momento!
- Tranquilo Gonzalo, lo que tenga que pasar pasará.
¿No era eso lo que decía Madre? - contestó mi hermana sarcásticamente todavía recordándome la conversación que habíamos tenido en la casa de Raúl.
Curva tras curva ya habíamos hecho buena parte del camino, y pronto llegaríamos al puente que atravesaba el río Mereo, pero en aquella alocada carrera las caballerías tomaron con dificultad una curva muy cerrada.
El carro se tambaleó, y chocando contra un árbol arrancó de cuajo la parte trasera de la carreta, mi hermana salió despedida hacia atrás.
- ¡Merde, y otra vez Merde!
¿Lucía, te encuentras bien? - grité olvidándoseme al momento el ofuscamiento que tenía contra ella.
- Sí, creo que sí. He caído de cabeza contra un saco. – se oyó la vocecilla de mi hermana todavía aturdida por el golpe.
Mas pese a que estaba asustada, supuse que estaba rezado a Dios, pues la vi agarrando con fuerza el medallón, y me la imaginé rogando porque ahora no podíamos tener un accidente, no podíamos. Teníamos que auxiliar como fuera a nuestro padre que nos estaba esperando.
Mientras yo todavía miraba hacia la parte trasera del carro, Lucía a duras penas asomó la cabeza y de golpe vio una figura que se hallaba en mitad del camino. El carro no se detenía e íbamos a chocar contra ella.
- ¡Por Dios Gonzalo!, ¿Qué es eso? – me gritó.
Ante el aviso giré rápidamente la cabeza, y estupefacto contemplé como había surgido de la nada, una enorme figura en mitad del camino haciéndonos gestos amenazadores.
Las mulas asustadas por la presencia de aquella mole clavaron los cascos en el barro, pero pese al frenazo que a punto estuvo de arrojarme por encima de las caballerías me repuse, y por fin con un fuerte tirón de las riendas volví a conseguir el control sobre éstas, aun así la velocidad era impresionante.
- ¡Lucía agárrate fuerte, voy a intentar esquivar al oso pasando por un lado del camino! - grité sin saber si mi hermana me había oído, mas en un susurro me llegó:
- ¿Un oso?
¡Dios mío, Dios mío y quiere esquivarle!
¡Está loco, está loco!
Ya habíamos empezado a maniobrar cuando escuchamos una voz que nos gritaba:
- ¿Pero qué estáis haciendo?
¡La madre que me parió, éste no se para!
Al escuchar los gritos de aquel hombre dando bramidos, logré desviar el carro del camino unos segundos antes de chocar contra él.
Un instante después y como si el tiempo se hubiese detenido, casi ya en paralelo con respecto a las caballerías, me quedé mirando al extraño personaje con una cara llena de interrogantes. Mas el hombre que supuestamente hasta hacía unos instantes era un supuesto oso, para sorpresa mía se lanzó sobre las mulas para intentar detenerlas.
Mas al saltar se resbaló con el barro que había en el camino, yendo a dar de bruces contra la grupa de uno de los animales. Del impacto salió rebotado cayendo en el barro cuan largo era, mas aún le dio tiempo a gritarnos:
- Para insensato, ¿no ves que el puente se ha derrumbado?
* * * * * * *
(Gonzalo)
- ¡Sooooo! ¡Quietas! - grité a las caballerías, que por fin se detuvieron resoplando por el esfuerzo realizado.
La tormenta había cedido en su intensidad, y entre los picos del lado norte se había abierto un claro entre las nubes que dejaba que la luz lechosa de la luna bañara el valle.
Bajando del pescante del carro me dirigí hacia el hombre que yacía en el suelo, preguntándole:
- ¿Está bien mesié?
Menudo susto nos ha dado.
Creíamos que era un oso.
- ¡Me cago en la pata un gato, casi me arrolláis! - exclamó el hombre todavía turbado por la caída, mas haciendo un esfuerzo se incorporó dificultosamente palpándose sus nalgas doloridas, y a continuación dijo lamentándose.
¡Ay mi trasero! No voy a poder sentarme en una semana, mas parece que no me he roto nada.
Hablando de otra cosa, ya no sabía qué hacer para que deteniendo el carro no cayerais al río.
A continuación el extraño personaje miró hacia ambos lados buscando algo, y de pronto observó cómo mi hermana aparecía por la parte trasera del maltrecho carro.
Se quedó sorprendido al no esperar ver a nadie más, mientras al momento a su lado apareció una preciosa perra podenca andaluza con cara lobuna que empezó a ladrarnos.
El hombre desvió la mirada fijándola en el animal.
- Esperad un momento que calme a la perra. ¡Cállate Canela! - la conminó acariciando el lomo de ésta.
Poco a poco las nubes se habían vuelto a cerrar, y otra vez la oscuridad se cernió sobre nosotros.
- ¿Y se puede saber a dónde ibais con tanta prisa? – me preguntó una vez había logrado apaciguar el animal.
Iba a contestarle, pero Lucía que portando un farol se había acercado hasta donde nos encontrábamos, rápidamente preguntó:
- ¿El puente se ha derrumbado? - indagó mirando al hombre.
Éste se lo confirmó asintiendo con la cabeza.
- ¡Dios mío que desgracia! - se apesadumbró, mas pareciendo recobrar ánimos dijo.
De todas formas, gracias señor por la advertencia, si no hubiera sido por vos de seguro que habríamos ido de cabeza al río.
Mas perdone que no nos hallamos presentado. Éste es mi hermano Gonzalo y yo soy Lucía. Nos dirigíamos a La Coruña pues nos acucia llegar allí lo antes posible.
Mi hermana había hablado tanto y tan deprisa que al final le faltaba el aire en sus pulmones.
El hombre la miró desaprobándola, momento que aproveché para reprenderla.
- Por favor Lucía deja que hable yo con este “amigo”.
La actitud de mi hermana se había extralimitado, y tendría su merecida reprimenda tras la conversación que tendríamos con mi padre cuando llegásemos a la Torre.
- Bien mesié. - continué – Muchas gracias por su ayuda.
¿Pero me podríais decir qué hacíais aquí con un tiempo tan malo como este?
¿Tomar el fresco...?
- Un momento. - me cortó en seco el hombre mientras iba a continuar
¿Por qué me habéis dicho dos veces mesié?
¿Y ahora que lo pienso, cómo decís que os llamáis?
Automáticamente me puse en guardia, e hice descansar la mano derecha en el pomo de mi daga que descansaba apegada en la cadera.
La verdad era que pese a llevar no más de un año en la Torre me había granjeado bastantes enemigos.
- Tranquilo “amigo”. - dijo rápidamente el hombre al darse cuenta del mi movimiento, y desviando su mirada hacia Lucía la dijo – Muchacha, anda sube el farol que lleváis para veros mejor. - concluyó extrañamente observador.
- ¿Par Dié, qué tonterías estáis diciendo ahora? - exclamé, pero Lucía intrigada había levantado el farol dibujándose claramente mi cara, la de un joven gitano de pelo tirabuzado.
- Cierto que ésta noche parece ser jugada por hadas y trasgos, ¿acaso por ventura no eres tú mi primo Gonzalo? - preguntó el hombretón.
Le miré ceñudamente, y por si acaso apreté aún más mi mano en la cruz de la daga dispuesto a desenvainarla al menor movimiento sospechoso de aquel supuesto primo.
- Pero Gonzalo, ¿es qué ya no te acuerdas de tu primo Álex? - dijo éste, y dando un paso hacia delante me abrazó sin darme tiempo ni siquiera de impedirlo.
Al vernos la perra abrazados, pensó que se trataba de una pelea, y mirando a Lucía empezó a gruñirla y a hacerla gestos amenazadores.
- ¡Cállate Canela, que estos muchachos son mis primos! - dijo el presentado Álex soltándome alegre para a continuación girarse y quedarse mirando a Lucía.
Por supuesto me había quedado de piedra y con los ojos abiertos como platos
- Y… tú debes de ser la pequeña Lucía, deja que te vea a la luz del farol.
Y asombrado al parecer ante la belleza de mi hermana, finalmente balbuceó:
- Anda dame un beso prima, y dad por supuesto que os ayudaré en todo lo que preciséis de mí, aunque pensándolo bien no sé realmente ni dónde estoy.
Todavía aturdido por la noticia, recordé sin darme cuenta aquel viaje que hice, hacía ya siete largos años con mi madre, mi hermana y mi tío Héctor a la Rioja a Ezcaray para visitar a nuestra tía Esmeralda, una aldea que se hallaba situada cerca de San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de la Calzada y en cuyos monasterios sus paredes servirían de cuna de lo que sería uno de los idiomas más universales del mundo, el castellano.
En aquella época no éramos conscientes, como niños que éramos, de la importancia de aquel conspirante viaje motivado por el nuevo regreso de “mil caras”, y que sería el último en que los tres hermanos a la vez se volvieran a encontrar.
Mientras, el resto de la caravana de gitanos se había quedado en Logroño a las órdenes del nuevo jefe del clan “Hocicos”.
Allí conocí a mi tía Esmeralda, hermana de mi madre, mi tío Eric, mi primo mayor Red y por supuesto a mi primo Álex, que tenía casi mi edad, pues yo solo era un año mayor que él.
Aquel verano resultó fabuloso jugando en el bosque con mi primo Álex. Éste, en ese tiempo, le había enseñado alguno de los secretos de los árboles, y a nadar en los riachuelos, a caminar por las montañas, y muchas cosas más…
Recordaba también que pese a que mi primo era más joven, éste era mucho más alto y fuerte que yo.
Ahora a la luz del farol observé cómo había cambiado mi primo. Se había hecho todo un hombre muy distinto de aquel muchacho que conocí.
El Álex que contemplaba ahora en la actualidad, poseía un rostro hercúleo, pelo rubio y largo, y unos ojos tan azules como el cielo.
De su cuerpo, y pese al mantón que lo cubría, observé que Álex era un muchachote enorme para lo que por allí se consideraba normal, y por la apertura de la camisa se le marcaban unos potentes pectorales.
Mas antes de contestar a algo que me había preguntado mi primo, recordé como mi padre en la Torre me dio la noticia de la muerte de mi tío Eric, hacía ya de eso dos años.
¡Ay!, Como me habría gustado poder disfrutar otra vez de aquel verano acompañados por mis seres queridos, y qué mi tía Esmeralda nos contara una de sus miles de historias al calor de las llamas de la chimenea.
Miles de preguntas me acudían a la cabeza. Ya no me importaba la tormenta, e incluso me alegré de haber salido con tan mal tiempo, todo estaba compensado solo con haber vuelto a encontrar después de tantos años a mi querido primo.
(Álex)
- ¡Mon Die!
¡Álex ne se pa posible!
Cómo has crecido garçon. - explotó Gonzalo mirándome de arriba abajo y dándome un palmetazo en mi espalda.
¿Pero qué haces tú aquí, en La Coruña? – preguntó orgulloso.
Sin poderlo esconder le mire preocupado.
Parecía que no me esperaban, y mi visita en teoría no era una cosa porqué ocultar, mas si cabe, cuando iba a acompañarlos durante una larga temporada. Con expresión sombría pregunté:
-Ah, ¿qué no me esperabais?
-Pues la verdad es que, no.
¿Deberíamos haberlo hecho?
-Maldita sea, ya me imaginaba yo…
Hace ya dos lunas, - empecé a relatar - un tal Amancio vino a la casa con un mensaje del Tío Fernando, en el cual nos decía que iba a cumplir con lo prometido, algo que yo ya tenía por olvidado después de todo este tiempo.
Así que sin nada mejor que hacer y despidiéndome de mi hermano Red que se ha ido a tierras de Aragón acompañado por ese tal Amancio, ya veis de Santiago de Compostela vengo como un peregrino en busca de respuestas.
Asombrado, Gonzalo miró a Lucía preguntándola con los ojos si entendía lo que les había querido decir.
Ella hizo un gesto de ignorancia al alzar los hombros.
Así que volviéndose de nuevo hacia mí, me preguntó:
- ¿Qué es eso de lo prometido?,
¿Quieres decir que mi padre hacía mes y medio que conocía de tu esperada visita?
Y eso de que vienes en busca de respuestas…
Yo por contestación guardé silencio. Estaba claro que mi tío me había vuelto a mentir.
Mi primo dándose cuenta de mi decepción y de lo que debía estar sintiendo en esos momentos, cambiando de tono me dijo:
- Tranquilo primo, ya tendremos tiempo para aclaraciones allí en la Torre.
Seguro que todo era una sorpresa que nos quería dar mi padre.
Pero ahora, venga asomémonos a la orilla para ver qué vemos, y comprobar si es posible cruzar el puente. – me intentó animar Gonzalo.
Aseverando e intentando ocultar mi decepción, rápidamente cambié el tono de mi voz pregunté.
- Bueno vale, está bien. Y cambiando de tema.
¿Oye y qué hacéis por este bosque en una noche como ésta?
- Venimos de la casa de un amigo de mi padre donde Lucía ha estado asistiendo al parto de su mujer.
Las prisas son motivadas por una visión que ha tenido sobre una fatalidad que puede ocurrirle a mi padre.
Pero venga, no perdamos más tiempo y veamos si es posible llegar a la Torre, que es nuestro destino en esta fatal noche.
¿Vamos?
Finalizó Gonzalo mirando a su hermana, la cual confirmó lo dicho por éste al asentir con la cabeza. Así que buscando algo positivo donde no lo había le comenté:
- Por supuesto, pero… ¿sabes lo que te digo?
¡Que cuánto me alegro de verte “ratón”!
¡Venga bribón, ahora dame otro abrazo!
Y ambos fraternalmente nos fundimos en un sentido abrazo, mientras Lucía ya se dirigía a la cabecera del puente.
* * * * * * *
El valle del río Mereo se cerraba en un desfiladero cruzado por un puente y que era franqueado como guardianes que lo protegieran por dos árboles, uno a cada lado.
Todos nos acercamos al borde con precaución.
Una vez allí, Lucía levantó el farol moviéndolo en un parsimonioso vaivén, para que así la luz mortecina se extendiera aumentando si cabe su campo de visión, pese a ello solo llegábamos a discernir borrosos contornos y sombras.
Mirando hacia abajo, el terreno acababa en un terraplén con únicamente los dos árboles en su cornisa que franqueaban el paso al puente para asirse, así que el solo pensar descenderlo resultaba ya del todo temerario.
En cuanto al puente, la luz apenas bañaba una pequeña parte de éste, pero era lo suficiente como para observar con consternación que yo tenía razón.
El paso y un lado del puente de madera habían directamente desaparecido, quedando de éste solo un costado, o sea un exiguo pasa-manos del que no tenía la seguridad de que llegase al otro lado del río.
Mas si esto fuera poco, mis temores se incrementaron al oír el lejano ruido producido por los tablones sueltos, que empujados por las aguas turbulentas chocaban una y otra vez contra los pilares de la endeble estructura. El puente se podía venir abajo en cualquier momento.
Mis primos se dieron la vuelta enfrentándose a mí, que todavía miraba con atención hacia el final de la oscuridad en dónde se suponía que estaba el resto del puente.
- La situación está muy fea. - declaró Gonzalo observando como Lucía asentía - No encuentro la forma de cómo pasar a la otra orilla.
Álex, tu que estás acostumbrado a vivir en el bosque, ¿qué piensas que podríamos hacer?
En el instante en que terminaba de hacerme la pregunta, en el Oeste hacia donde nos dirigíamos, un rayo rompió la oscuridad de la noche.
Fue tan solo un segundo, pero lo suficiente para que yo archivara en mi memoria lo que había visto. Después otra vez volvió todo a la más completa oscuridad.
-¡Ajá, Lo que me imaginaba! – reí satisfecho pues la suerte se había alineado con nosotros.
La luz que había derramado el rayo había iluminado la zona que yo estaba observando con tanto interés, el final del puente.
Los hermanos me miraron sorprendidos sin darse cuenta de lo que había pasado, hasta que oyeron el trueno a sus espaldas. A la vez ambos se dieron la vuelta, pero la oscuridad los había vuelto a acoger.
Volviéndose, Lucía me preguntó:
- Primo, primo, ¿qué has visto?
- Lo suficiente. - anuncié y elevando el brazo indiqué - El puente, ó mejor dicho el pasa-manos, porque es lo único que queda de él, llega hasta el final aunque parezca mentira.
Eso sí, no completamente, como en la mitad poco más o menos, éste desaparece pero eso lo podríamos salvar de un salto.
Hasta el otro lado del río hay aproximadamente unos veinte pasos.
E intenté dibujar lo que había visto con mis manos en un cuadro invisible.
- En el final del puente hay otros dos árboles igual que éstos que dan hasta miedo al parecer que acecharan la senda en busca de un alma que llevarse a la boca.
Después el camino tuerce hacia la izquierda despidiendo un bosquecillo.
Y no puedo contaros nada más, pues no hay mucho más que contaros.
- ¡Ya está, creo que en el carro llevamos un garfio y cuerda suficiente! - exclamó Gonzalo con la mirada perdida en el otro margen del río mientras colocaba sus ideas en un tablero imaginario.
Si nos acompaña la suerte y hago que el garfio se enganche en el árbol. - indicó con el brazo en el supuesto lugar donde se hallaba - Podríamos atar el final de la cuerda a éste árbol de aquí, tensamos, y agarrados firmemente a la cuerda podríamos ir pasando por el pasa-manos que queda. ¿Qué os parece?
Mi primo pareció reflexionar durante un instante sobre lo que el mismo tan alegremente había expuesto.
Si aceptábamos su idea, la responsabilidad recaería sobre sus hombros, y pese a que según recordaba un experto lanzador temía por la seguridad de todos ellos.
- ¿Alguna idea más…?
Pues si no hay más sugerencias creo que todo está dicho. - convine mirando a Lucía.
Si lanzas bien el garfio y lo diriges hacia el árbol que te he indicado, podemos conseguirlo.
(Gonzalo)
- Voy al carro a por el garfio y la cuerda. - dije olvidando mis miedos mientras salía corriendo en esa dirección.
Una vez allí empecé a remover todo buscando “mi escondido secretito” entre los sacos del forraje y los tablones sueltos del destartalado carromato.
Poco después había encontrado la caja de curas de mi hermana, y por supuesto, la cuerda y el garfio.
Con todo entre mis manos miré hacia donde se encontraban mi primo y mi hermana, vislumbrando a su vez la cabecera del puente.
Se necesitaba mucho arrojo para que una muchacha como Lucía no acostumbrada a realizar ejercicios peligrosos, estuviera tan decidida en seguir hacia delante.
Me sentí orgulloso de ella, mas razoné fríamente sobre lo que Álex había descrito tan sencillamente, como un saltito.
Muy preocupado miré a mí alrededor, y de pronto encontré la solución. Cogí un tablón del destartalado carro, lo sopesé calibrando sus dimensiones, y con un “Ajá” aseveré su examen. Haría una pasarela para que Lucía pasase sobre el trozo de pasa-manos que faltaba.
Acto seguido, y devolviendo mi tesoro durante un instante al carro, até los animales a un árbol para después recoger el garfio y la cuerda, el tablón y la caja de medicamentos.
Mas antes de volver, alcé el brazo que me quedaba libre, y así el otro farol que estaba colgando del carro. Dirigiéndome por fin al puente donde me esperaban.
Una vez allí descargué todo sobre el suelo.
Lucía alegre cogió su caja de curas, mientras mi primo intrigado me preguntó:
- ¡Oye Gonzalo!, ¿para qué quieres el tablón?
- ¿Ah, esto?
Álex, he pensado que el trozo que falta del pasa-manos, lo podríamos salvar colocando el tablón entre los dos extremos, para así después pasar por encima de él. - contesté mirando a Lucía.
- Estás en todo. - me agradeció mi hermana dándome un beso en el carrillo.
- Bueno, vamos pues, apartad y rogad a Dios que tengamos éxito. – les solicité.
Después de dicho esto até fuertemente un cabo de la cuerda al garfio, y haciendo girar la soga, deposité el conjunto en el suelo. Al final, la maroma se parecía a una ristra de porras.
Una vez hechos los preparativos, cogí la soga con el garfio pendiendo de ésta.
Lucía y Álex a una mirada mía, levantaron todo lo que pudieron sus respectivos faroles para iluminar en lo posible la zona por la que el garfio iba a viajar.
Observé el final del puente imaginando dónde se encontraba mi objetivo, y lentamente hice pendular el garfio.
Éste cogió cada vez más ímpetu hasta hacerlo girar completamente. Una vez que el garfio tomó la velocidad adecuada, respiré pausadamente, apunté con mucho cuidado, y ¡zas!, solté la cuerda.
Mientras el garfio salía volando, rogué a Dios que no fallara, pues si se le caía al río, lo más probable era que se enganchara en los pilares, y entonces no habría forma de recuperarlo.
Con la vista fija en el hipotético destino seguimos la estela que dejaba el garfio una vez que salió disparado, mas cuando éste superó el límite de la luz que proyectaban los faroles, desapareció de nuestros ojos.
Los segundos parecieron interminables, uno, dos, tres... mientras, el garfio seguía volando hacia su objetivo y a toda velocidad desaparecía el caracol de cuerda que había formado.
Por fin, tras unos segundos de muda agonía, creí haber oído un golpe seco al otro lado del río, e instantes después, la cuerda se detuvo en lo que parecía una alocada huida.
Lentamente empecé a tirar de la maroma pasándosela de mano en mano. Ésta poco a poco despidiendo el puente por el que acababa de viajar, nuevamente terminaba en el suelo. Palmo a palmo, metro a metro, la soga seguía pasando por mis manos, hasta que por fin noté resistencia a su tirón.
- ¡Álex, corre! - le grité - He llegado al tope, ahora hay que tirar muy fuerte de la cuerda.
Éste se apremió en hacerme caso, y ambos tiramos juntos de la maroma, ésta se tensó.
- ¡Lucía, Lucía he acertado! - me carcajeé eufórico soltando la cuerda y dando saltos de alegría.
Álex, mientras sujetaba la cuerda con fuerza, empezó a recular disponiéndose a hacerla girar sobre el árbol que se encontraba a su lado.
Apaciguando mi alegría, me acerqué al árbol donde me esperaba mi primo, y con un salto felino me subí al pasa-manos calibrando la altura a la que debería quedar la cuerda.
Finalmente mi primo tiró fuertemente de la maroma haciendo saltar trozos de la corteza del árbol, mientras daba un par de vueltas más a su alrededor, y con un nudo el árbol quedó apresado por la maroma.
Nuevamente nos juntamos a orillas del puente, y estudié durante unos segundos la inclinación y la dirección que llevaba la cuerda, para a continuación disponerme a explicar:
- Bueno escuchad y prestarme atención.
Agarrad la cuerda con una mano, mientras la otra la lleváis como si estuvierais cogiendo otra hipotética cuerda pero en el lado contrario, o sea deberéis llevar los brazos en cruz para que así se estabilice vuestro cuerpo mientras andáis.
Recordad que solamente debéis descolgar el peso de vuestro cuerpo sobre la cuerda en el caso de una caída inminente.
Cómo hay sólo dos faroles los llevaréis vosotros. Con la vista que poseo y la agilidad de la que hago gala, no creo que yo los necesite.
Una cosa más, no emprendáis la marcha hasta que os avise desde el otro lado.
Ahora, deseadme suerte, y recuerda hermanita que nosotros también somos humanos y tenemos tanto miedo como tú. - dije intentando tranquilizarla con mis palabras.
Después de los consiguientes deseos de ánimos y parabienes, me encaramé al pasa-manos, até el tablón a su espalda y emprendí la marcha.
En el horizonte un nuevo rayo rasgó el tapiz nocturno que nos envolvía como si con ello quisiera dar la salida a tan peligrosa carrera, reanudándose a continuación un nuevo chaparrón.
- ¡Por Belcebú! - increpé con el puño amenazando al cielo - Los malos hados que dice Álex están esta noche entreteniéndose con nosotros, mas los dejaremos con un palmo de narices. Hermanita te espero al otro lado.
Álex y Lucía con los faroles en alto contemplaron como poco a poco mi figura se iba empequeñeciendo a cada paso que daba e iba siendo tragado por la oscuridad. Segundos después había desaparecido en la noche.
Sin mirar hacia atrás iba dando los pasos con gracia y soltura, mas sin descuidar la precaución.
Una vez perdido el acogedor refugio de la luz de los faroles, me detuve un momento para acostumbrar y forzar mis ojos a la oscuridad.
El repiqueteo de la lluvia en la barandilla me guiaba los sentidos, mas también oía si prestaba atención como en el fondo del río los tablones sueltos del destartalado puente tropezaban contra los pilares produciendo un rumor terrorífico.
Debía tener mucho cuidado.
Sin pensarlo más reanudé la marcha aunque sabía que un mal paso en la superficie resbaladiza podía arrojarme al impetuoso río. Intentando olvidarme de tan aciago presentimiento me di ánimos para continuar. Hasta que por fin llegué al trecho del puente que había desaparecido.
Flexioné el cuerpo, y estudié la situación esperando no haberme equivocado en la elección del madero que había elegido para pasar por encima de él.
Decidido a saber si había acertado, deslicé una mano por detrás de mi espalda buscando uno de los nudos que sujetaban el tablón del carromato. Lo deshice al igual que hice con el segundo.
Y una vez con el tablón en mis manos lo posé sobre los extremos del pasa-manos buscando la mayor estabilidad posible.
Había acertado, ahora solo cabía probarlo, así que tomando valor caminé por el tablón hasta llegar a la mitad.
La madera parecía no ceder, y para asegurarme más di un par de saltitos sobre éste. Volvió a aguantar, y satisfecho avancé hasta llegar al pasa-manos que me esperaba al otro lado.
Girando la cabeza grité a la noche:
- ¡Lucía, el tablón ya está colocado, y el pasa-manos está completo! - grité para tranquilizar a mi hermana - ¡Ahora me apresto a llegar al otro lado!
Volví a girar mi cabeza en busca de la otra orilla, y anduve lo que restaba de puente.
Una vez llegado al final, y antes de descender del pasa-manos, miré al lugar donde se había quedado prendido el garfio.
Habíamos tenido suerte, mucha suerte. Éste se había quedado enzarzado entre dos de las ramas guías que nacían del tronco principal del árbol y debido al espesor y a la flexibilidad que poseían, aguantaban perfectamente.
Pese a ello era inquietante el ángulo increíble que las ramas dibujaban debido a la tensión ejercida por los jóvenes cuando ataron la cuerda al otro lado del puente.
Una vez finalizado el examen di un salto aterrizando en el suelo, y al instante me giré para gritar a mis compañeros que había llegado a la otra orilla.
- Álex, Lucía, ¿me oís? - grité esperanzado.
(Lucía)
Desde el otro lado el grito de Gonzalo apenas llegó como un susurro entre el repiqueteo de la lluvia.
Mi primo me miró pidiendo confirmación, para saber si yo también había oído a mi hermano, y aseveré con la cabeza mientras gritaba:
- Sí, Gonzalo, te oímos, ¿qué pasa? - pregunté preocupada.
- ¡Nada! - respondió éste - ¡Ya he llegado a la otra orilla y todo está bien!
Enormemente contenta me abracé a Álex, mas automáticamente me desprendí sonrojada como un tomate.
Pese al breve instante que habíamos estado juntos. Creí percibir que mi primo había notado mis redondeces y suaves curvas. Y sin querer pensé que ahora estaba pensando que detrás de aquellas ropas mojadas debía tener un cuerpo precioso.
Debiendo ser cierto lo que yo suponía, mi primo se dio cuenta de que debía decir algo, y con una sonrisa me disculpó.
- No te preocupes prima, cuando uno está contento es normal que lo demuestre. - dijo suavizando sus palabras.
A continuación se enfrentó a la oscuridad que se cernía sobre el puente, y gritó:
- ¡Gonzalo!, ¡Ahora le toca pasar a tu hermana!
- Está bien. - se oyó desde la otra orilla.
- Tienes que pasar ya Lucía. Si tienes miedo, recuerda que tu padre te necesita, eso te dará fuerzas. – me dijo intentando tranquilizarme en todo lo posible.
Por un momento dudé, mas reconozco que me reconfortaron las palabras que me había dicho mi primo. Así que animándome me dispuse a recoger la caja de medicamentos, pero Álex adelantándose me dijo:
- No te preocupes por la caja, yo te la entregaré al otro lado.
Agradecida le entregué el farol, y con una rodilla posada en el pasa-manos me impulsé hasta quedar de rodillas sobre éste.
A continuación sujetándome con ambas manos, flexioné nuevamente una pierna para posar el pie sobre la barandilla, y con un nuevo esfuerzo me incorporé.
Creí intuir que a Álex le hubiera gustado ayudarme al ver como la túnica me obstaculizaba ponerme en pie, pero entendí que no quería cometer ninguna otra osadía tras el percance ocurrido hacia un momento, así que como un caballero permaneció quieto.
Ya de pie, el muchacho me tendió el farol y me dijo:
- Estate tranquila prima, ya verás como todo sale a pedir de boca.
A su vez Canela que estaba a su lado pareció que convenía con la opinión de su amo, ya que se puso amigablemente a mover el voluminoso rabo. La miré y sonreí. Ésta a su vez dio un alegre ladrido de despedida.
Parecía que habían pasado horas desde que comenzara la marcha sobre el puente, mas no me había detenido en ningún momento haciendo caso a pie juntillas de todos los consejos que me daba Álex desde la orilla.
Según caminaba, y gracias a la acogedora luz procedente del farol, el puente me parecía menos amenazador que cuando lo vi desde la orilla perdiéndose en la noche, hasta que por fin llegué al trecho donde el pasa-manos había desaparecido, mas gracias a mi hermano el tablón estaba allí presto a ayudarme.
- ¡Lucía, te veo! - gritó mi hermano que desde el otro lado había observado como de pronto desde la oscuridad aparecía un punto de luz que delataba mi presencia.
- ¡Gracias a Dios! - respondí tranquilizada por el apoyo que ahora recibía desde la otra orilla - ¡Gonzalo, he llegado al tablón!
- ¡Muy bien! - respondió éste - ¡Tranquilízate y sin mirar abajo camina hacia mí!
Recordando el consejo dado por Álex, pensé en mi padre, en lo mucho que la necesitaba, y me lancé hacia delante.
No sabía cuánto había caminado, ni cuánto me había alejado, mas miraba hacia delante, y continuaba y continuaba hasta que de pronto distinguí la forma de dos árboles y a mi hermano en medio esperándome en la orilla.
Una vez llegué al final del pasa-manos, Gonzalo me cogió por la cintura y alzándome me depositó en el suelo.
- ¡Hermanita, has estado soberbia! – me dijo, y levantándome una mano comenzó a bailar conmigo al igual que sí hubiéramos estado en el salón de un castillo. Tras un par de vueltas, Gonzalo terminó el corto baile con una graciosa flexión.
Desde un árbol que se hallaba en el lindero del bosque, una lechuza había observado toda la pintoresca escena.
Una vez que nos detuvimos, ésta ululó como desaprobándonos y advirtiéndonos de que el lugar, y el momento elegido, en pleno chaparrón, no eran los más apropiados para realizar tamaña extravagancia.
Mas Gonzalo riéndose a pecho batiente corrió hacia ella moviendo los brazos como si fueran aspas de molino.
- ¡Ah, hija de Belcebú!, ¿te ha gustado el espectáculo? - gritó asustando a la rapaz que inmediatamente levantó el vuelo internándose en el bosque.
- ¡Anda Gonzalo, deja en paz a la pobre lechuza, y no hagas más el tonto! - le increpé dándome la vuelta satisfecha y riéndome para mí.
Mas centrándome en Álex grité a la noche:
- ¿Primo me escuchas?
- Sí, te escucho... - respondió éste desde la otra orilla.
- ¡Vamos es tu turno, y que no se te olvide traer mi caja de curas! - le recordé.
- ¡No la soltaría aunque vinieran a por ella todos los demonios del mismísimo averno! - juró el joven riojano.
- ¡Hombres! ¡Anda primo ven ya, y no hagas ninguna tontería! - repliqué sintiéndome reconfortada por el halago que había recibido de él.
(Canela)
Mi amo bajó la vista fijándola en mí. Percatándose de ello automáticamente doblé mis patas traseras sentándose y mirando hacia delante me hice la despistada.
- Vamos Canela, ahora tienes que pasar tú. – me ordenó.
Haciendo caso omiso de sus palabras, permanecí quieta en la misma posición y mirando hacia el otro lado.
- Vamos amiga, no seas cabezota. Ya sé que te gustaría pasar conmigo el puente, pero por un breve espacio de tiempo no podemos seguir juntos. - me justificó mi amo.
Alzando la cabeza para mirarle, me di cuenta de que no cambiaría su decisión, y lentamente me incorporé meciendo el rabo.
Se agachó, y mientras me abrazaba cariñosamente el cuello, con la otra mano me palmeó el lomo.
- Tienes que irte ya al lado de mis primos. Espérame allí. - me susurró en la oreja.
Así que me lancé hacia delante, y de un salto me encaramé a lo alto del pasa-manos. Di unos pasos, y me detuve volviendo la cabeza hacia donde se encontraba mi hermano mayor.
Éste ya estando de pie, me hizo gestos con las manos para que continuara, y arranqué transponiendo el puente con una agilidad increíble.
(Gonzalo)
Desde el otro lado vislumbramos de pronto como una sombra se acercaba a toda velocidad.
- ¿Pero qué diablos es eso que se acerca por ahí? - exclamé asustado.
Mas Lucía adivinando de quién se trataba, gritó:
- ¡Vamos Canela bonita, ven, ven aquí!
En un momento apareció la perra al final del pasa-manos, y de un salto aterrizó en el suelo. Automáticamente giró sobre sí misma pegándose a las piernas de mi hermana, y con la mirada quedó expectante hacia el puente que acaba de transponer.
Lucía, dándose cuenta de los sentimientos del animal se agachó palmeándola los francos traseros.
- Tranquila, tranquila, ya verás como tu amo aparece en un momento. - murmuró en la oreja de ésta.
Los segundos pasaban lentamente, y miramos hacia el puente sin que de momento apareciera el menor atisbo de Álex.
En la oscuridad de pronto surgió un punto de luz que se acercaba hacia nosotros y que de repente se detuvo.
- Se ha parado exactamente en el mismo lugar donde anteriormente lo hiciste tú. Al llegar justo donde está puesto el tablón. - razoné a mi hermana en voz alta.
¡Vamos primo arráncate ya, qué nos espera en la Torre una fuente de fabada que no se la salta ni un gitano! - grité parafraseando sobre mí mismo el dicho para animar a su primo.
Cuando Álex escuchó que le hablaba de comida, recordó lo mucho que hacía que no había probado bocado. Y reafirmándolo su estómago sonoramente empezó a gruñir por la falta de actividad y de contenido.
- Grum, Grum. ¡Rediós, estate quieto y espera un poco más! Ya tendrás tu recompensa en casa de mis primos. - propuso, acariciándose la barriga con la mano que le quedaba libre - ¡Bueno Gonzalo, allá voy! ¡Por un buen plato de fabes iría hoy hasta el mismísimo infierno! - dijo poniendo un pie sobre el tablón.
Desde la orilla vimos como la luz se aproximaba. De pronto ésta empezó a bambolearse hacia todos los lados.
- ¡Dios mío! ¡El primo se cae! - gritó Lucía, mientras yo ya me aprestaba a salir corriendo hacia el puente para socorrerle. Mas el farol poco a poco detuvo su frenético vaivén, y se oyó a Álex que decía:
- ¡Me cago en la pata un gato!, pues no parezco un pato mareado.
Al cabo de unos segundos la figura imponente del gigantón del mi primo apareció entre la oscuridad, para breves instantes más tarde estar ya pisando el tan deseado suelo firme.
Automáticamente Canela se lanzó ladrando hacia delante, y se puso de pie con las patas delanteras sobre el pecho del joven riojano.
Álex, mientras con una mano tenía cogida la caja de curas y el farol, con la otra palmeaba el cuello de la perra. Ésta, no paraba de dar saltos de alegría a su alrededor.
Una vez aplacadas las efusivas muestras de cariño entre amo y animal. Álex pareció buscar con su mirada a mi hermana, encontrándola con los ojos fijos en los suyos.
- Bueno Lucía, aquí tienes sana y salva tu caja de curas. - dijo entregándosela.
- Muchas gracias primo. Eres todo un caballero. - le sonrío devolviéndole el cumplido anterior - Mas vaya susto que nos has dado.
- ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!. - reí - conque un caballero, vaya lo que hay que oír.
Álex contrariado, al parecer haberse roto el invisible lazo que había existido entre ambos jóvenes. Se dirigió hacia mí dándome un palmetazo en el hombro. Tras tremendo empellón, me abrazó por la espalda y me empujó para que reanudáramos el camino.
- ¡Jo! Estás fuerte primo. ¿Bueno, se puede saber qué te ha pasado para que casi te cayeras? - pregunté.
- ¡Rediós, no me lo recuerdes!
Resulta que puse un pie para comprobar si el tablón aguantaba, y aguantó. Lo malo fue al poner el otro pie.
El tablón se bamboleó a la derecha, y cuando puse el otro pie, se fue para la izquierda, y así sucesivamente.
No sabía si iba o venía. Era como si fuese por un establo lleno de mierdas que tienes que esquivar, hasta que de pronto pisas una y a partir de ahí las vas pisando todas.
- Bueno, lo importante ahora es que todos estamos bien. - sentencié riéndose por el último comentario hecho por mi primo.
Ya llevábamos andado un trecho del reemprendido camino, cuando Álex me dijo:
-Oye primo.
¿Qué casualidad, y qué suerte, eso de que llevaras un garfio y suficiente cuerda preparada en el carro, verdad?
“Ratón”, se ve que siempre hay cosas que nunca cambian.
Inquirió mi primo con una sonrisa burlona en sus labios.
Por respuesta miré rápidamente hacia atrás por si mi hermana había oído el comentario hecho por Álex, y rápidamente le devolví la mirada reprendiéndole:
-Psi…, calla. ¿Qué quieres, qué me echen una bronca que no veas cuando lleguemos a la Torre?
- Vale, está bien, me callo.
¿Y por cierto con respecto a esas fabes prometidas?
- Sí, ¿dime? - pregunté no fiándose mucho de mi primo.
- ¿Me pregunto yo, si no se podrían acompañar con unas almejas, y un poco de choricillo? Digo yo, vamos. - rogó Álex relamiéndose.
- Bueno, respecto a eso haremos lo que se pueda, haremos lo que se pueda. – y reí palmeándole en la espada.
(Lucía)
Yo descuidada y sin prestar atención a los comentarios de machitos engreídos, iba tras ellos cuando giré la cabeza y observé el puente que se iba alejando de nosotros a cada paso que dábamos.
Por la derecha, el bosque nos acompañaría un buen trecho, aún después de tomar la curva que Álex nos había descrito.
"Qué mal lo hemos pasado". - pensé - "Mas tengo la sensación de que en esta noche aún tendremos emociones más fuertes"
Intentando olvidar estos pensamientos funestos giré la cabeza acelerando el paso hasta alcanzar a los chicos.
A lo lejos en la noche la lechuza volvió a ulular, y mirando las tres sombras que acompañadas de una menor se perdían en pleno aguacero, pensó para sí:
"Ciertamente los humanos son unos pajarracos de lo más extraño".
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